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EL TRIUNFO Y LA DERROTA

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Es posible que sea la misma Naturaleza, en aras de la supervivencia de la especie, lo que vuelva competitivo al ser humano ya desde la más temprana infancia, en sus juegos. En cierta etapa de la niñez, perder en un juego solía ser para nosotros toda una tragedia, pero a medida que fuimos creciendo la mayoría de nosotros entendimos que ésa era una actitud tonta y que, en todo caso, hay en la vida cosas infinitamente peores. Claro que a veces ni quienes tenemos esto perfectamente asumido podemos evitar quedarnos rumiando maldiciones cuando somos vencidos en un simple juego. Y es que hay cosas que nos superan. Si alguien es más rápido o más ágil que nosotros, nos resignaremos a llegar siempre mucho detrás de él en una carrera de velocidad. Si es más inteligente que nosotros, aceptaremos que resuelva en pocos minutos problemas de ingenio que para nosotros son auténticos quebraderos de cabezas. Pero el azar se supone que no tiene reglas, y sin embargo hay veces que la suerte nos es tan tremendamente ingrata que apenas si podemos reprimir nuestro deseo de destruir cuanto se nos ponga a nuestro alcance... ¡No es justo! Jugamos a las cartas, a los dados, o a lo que sea con otra persona -infinitamente más afortunada que aquel célebre personaje de Disney, Glad Consuerte- y somos siempre los que perdemos. Eso ya dejó de ser un juego de azar. ¿Qué gracia tiene jugar cuando el resultado podemos decirlo ya desde antes del inicio y para colmo nos es rotundamente adverso?

Personaje de Disney: Glad Consuerte

Por supuesto, a veces hay motivos más válidos para anhelar el triunfo a toda costa en otras situaciones que nada tienen que ver con la simple diversión. El éxito laboral o comercial nos será vital si de ello depende el sustento de nuestra familia. Lo malo es que a veces atribuimos al destino nuestro fracaso. Ya lo hemos dicho: eso de tener a alguien, o a algo en este caso, para echarle las culpas de todo lo malo que nos suceda es muy conveniente y cómodo. De hecho, la confesión del fracaso en sí mismo a veces nos resulta impensable. A veces nos engañamos a nosotros mismos, pensando que somos exitosos. Y es posible que desde cierto punto de vista, incluso lo seamos, por haber conseguido algo a lo que muchos aspiran  -por ejemplo, un puesto laboral privilegiado, que nos reporta considerables ganancias-; pero no pocas veces sucede que nuestros logros vayan en una dirección y nuestros sueños y anhelos en otra. Si los nuestros tenían que ver con emprender una talentosa carrera musical o formar una familia feliz, nos importará un comino cuán triunfadores seamos en el mundo laboral, porque hay cosas que no se consiguen ni con dinero ni con trabajo arduo; como el talento artístico, el amor o la armonía familiar. Pero el caso es que nadie quiere dar lástima, así que, con frecuencia, aunque nos sintamos fracasados, rara vez tendremos el coraje de ser sinceros al respecto. Si no queremos mentir demasiado, simplemente relativizaremos nuestro fracaso. Sin embargo, a veces la situación nos exige-o así lo sentimos- algo más; por ejemplo, cuando nos reunimos con un grupo de amigos con los que llevamos años sin vernos. Lógicamente, todo el mundo empieza a contar qué fue de su vida en todo ese tiempo. Al empezar a escuchar cuán exitosos fueron los otros, nosotros no queremos ser menos; nos sentiríamos excluidos socialmente si tuviéramos que admitir ante tantos aparentes triunfadores que nosotros no pertenecemos a tan selecto grupo. Aborreceríamos las miradas de conmiseración convergiendo hacia nosotros. Tal vez, accederíamos a compartir nuestra sensación de amarga derrota con alguien muy, muy íntimo; pero con nadie más.

Los más memoriosos quizás recuerden Centennial, extensa miniserie (duró veinticinco horas y pico en total) que narraba la historia de una ciudad imaginaria del estado norteamericano de Colorado. Dicha miniserie se basó en un libro homónimo de James Michener. Entre los muchos personajes que desfilaban a lo largo de la obra, figuraba uno de los tantos malos, Mervin Wendell, que en realidad era un fracasado que había decidido triunfar a toda costa.

Fotograma de la miniserie CENTENNIAL

Wendell, interpretado en la miniserie por Anthony Zerbe, tenía una esposa, Maude, y un hijo llamado Philip, y los tres integraban una compañía de actores ambulantes que viajaba por el Lejano Oeste ofreciendo su espectáculo de pueblo en pueblo. Pero el soñado éxito artístico no llegaba. En Centennial, el pobre Mervin Wendell resultaba desagradable casi desde su misma aparición, pero en el libro resultaban más comprensibles sus motivaciones. Resultaba ser que Mervin amaba a su esposa, sobre todo porque, a pesar de que era un fracasado, ella había permanecido en todo momento junto a él, lo mismo en las malas que en las buenas. Esto incrementaba su dolor por no poder concederle una vida económicamente más solventada. Ni se le ocurría que para lograr una meta así debería haberse dedicado a actividades más prácticas.

Por fin, decidió que Maude tendría lo mejor, a cualquier precio. Ese fue el comienzo de otra carrera, pero en este caso nada tenía que ver con el arte. Wendell y Maude se hicieron chantajistas primero, luego una de sus víctimas, un sueco llamado Soren Sorenson, ofreció cierta resistencia y tuvieron que matarla y recurrir a la complicidad de Philip para ocultar el cadáver. Por fin,  Mervin Wendell terminó vendiendo y comprando tierras y estafando al prójimo siempre que podía. Era uno de los notables de la ciudad, un personaje muy encumbrado por la hipocresía social, pero despreciado y detestado por las víctimas de su codicia, y sobre cuya familia circulaban oscuros rumores por la nunca aclarada desaparición de Sorenson.

Aunque personaje de ficción, Mervin Wendell es un lamentable y exacto ejemplo de cómo la desesperación por salir de una vida de fracasos lleva por el mal camino. Claro que a veces hay otras cosas en juego que hacen que triunfar se vuelva un asunto todavía más prioritario; por ejemplo, el propio pellejo. Allí, la lucha se vuelve una especie de vale todo en la que se permiten incluso los trucos más sucios. Por muy romántica que sea la imagen de contendientes batallando con hidalguía, lo cierto es que las guerras suelen ganarlas quienes recurren a los recursos más viles y taimados; y lo mismo tratándose de peleas individuales. La fuerza del golpe asestado es importante, por supuesto; pero quizás lo sea más la capacidad de despistar al contrincante para asestarle tantos puñetazos como se pueda. Esto especialmente tratándose de alguien pequeño que tiene que enfrentarse a alguien que lo supera con creces en tamaño y fuerza.

David enfrentándose a Goliath 

Los combates desparejos -sea en el terreno que sea-, emblematizados en la imagen del pequeño David enfrentándose al gigantesco y temible Goliath, por lo general nos despiertan simpatías por el bando que por lógica tendría que resultar perdedor. En la ficción de El señor de los anillos, por ejemplo, nos mantenemos expectantes durante la travesía de Frodo hasta el Monte del Destino para destruir el Anillo Unico porque no parece ser el indicado para llevar a cabo tal misión, y menos teniendo en cuenta los terroríficos poderes de Mordor. Al comienzo de las Guerras Púnicas, Roma era una pequeña, humilde república que se enfrentaba a una poderosísima potencia, Cartago; los apasionados por la Historia no podemos menos que admirar la osadía romana en aquellos inicios de la guerra, aunque a posteriori Roma misma se convirtiera en un Imperio opresivo cuyo derrumbe fuera recibido con inmensa alegría. De Alejandro Magno podremos decir lo que queramos, pero evidentemente también él mostró una increíble audacia al atacar nada menos que al Imperio Persa, que no estaba en su mejor momento, pero seguía siendo un adversario de temer.

En todos los casos mentados, quien estaba en inferioridad de condiciones resultó vencedor, pero lamentablemente a veces gana Goliath. Tal fue el resultado, por ejemplo, en la Cruzada contra los cátaros. Estos eran una secta hereje cristiana establecida mayormente en el sur de la Francia actual, en un lugar conocido por entonces como País de Oc u Occitania, independiente de la corona francesa. Más tarde trató de hacérselos ver como fanáticos que practicaban, a modo de sacramento, una forma de suicidio ritual conocida como endura. Esta existió realmente, pero sólo en las épocas de agonía de la secta, cuando la fe cátara era casi una caricatura de sí misma. El sacramento original, al que la endura vino a sustituir, era el consolamentum.

En su libro Los cátaros, la herejía perfecta -del que tomamos también los datos expuestos más arriba- nos cuenta que en Occitania había una admirable convivencia entre católicos, cátaros y judíos; sin embargo, la fe que más se expandía era la cátara, quizás porque, a diferencia del Papa, los llamados perfectos -sacerdotes cátaros entre los que había también mujeres- no exigían diezmo. Además, a diferencia de muchos clérigos católicos de la época, los perfectos se afanaban realmente por practicar lo que predicaban, si bien también entre ellos hubo ocasionales ovejas negras. Desafortunadamente, el Papa llamó a una Cruzada contra ellos y, peor todavía, autorizó a los cruzados a apropiarse de los bienes de los herejes, lo que excitó codicias varias hasta niveles monstruosos. El resultado fue una matanza que sigue siendo una de las máximas vergüenzas de la fe católica y en la que los cruzados no sólo asesinaron sin miramientos a los cátaros, sino también a los católicos que los protegían o -peor aún- que simplemente convivían con ellos en la región. Atrocidades se cometieron en los dos bandos; pero evidentemente, la mayor ignominia se la llevan los católicos. Por último, cuando cayó el último bastión de los cátaros, ciento noventa perfectos fueron intimados a abjurar de su fe, so pena de muerte en la hoguera; opción esta última que prefirieron aquellos vencidos pero heroicos hombres.

Castillo cátaro de Montsegur, Francia

Casos como el de los cátaros son doblemente conmovedores porque, aparte de la inferioridad de fuerzas, los vencidos defendían causas nobles y justas, en este caso el derecho a profesar libremente su fe. La derrota deja de ser entonces algo humillante, para convertirse en algo glorioso, al punto de que, a veces, se recuerda mucho mejor el nombre del líder del bando derrotado que el del vencedor. Sabemos que Leónidas lideraba la pequeña fuerza de trescientos espartanos que defendió el paso de las Termópilas contra las fuerzas persas en la Segunda Guerra Médica; pero nos cuesta un poco más recordar que su adversario era el rey Jerjes. Primero, porque éste no participaba del combate; y segundo, porque su causa no inspira muchas simpatías. Era un emperador que buscaba extender sus dominios. Y que, para alegría del público, fracasó aunque sus hombres en esa ocasión salieran vencedores. Otro tanto sucede con Espartaco, el líder de aquella formidable revuelta de esclavos que estremeció a Roma entre los años 73 y 71 antes de Cristo. Roma ya había dejado de ser, desde hacía tiempo, la pequeña república que había desafiado el imponente poder cartaginés. Estaba muy cerca de convertirse en el detestable Imperio que sojuzgaría nación tras nación. Espartaco, en cambio, encarna la rebelión contra los opresores. De ahí que su nombre sea famoso y que cueste tanto recordar el de su vencedor. Es más, en este momento ni yo mismo lo recuerdo, y no creo que valga la pena hacerlo. Quien haya sido, merece sólo abucheos.

Tampoco recuerdo el nombre de otra persona no grata, el militar que acabó con la mayor rebelión a la que se enfrentó Roma en Britania: Boudicca.

Monumento a Boudicca

Boudicca era una reina de la tribu celta de los icenos, aliada a los conquistadores romanos en la provincia de Britania. A cambio de su fidelidad a dichos conquistadores, los aliados esperaban protección de éstos. De qué valían las promesas, lo descubrió Boudicca cuando, a la muerte de su esposo, tuvo dificultades para pagar los impuestos exigidos por el procurador romano: sus hijas fueron violadas; ella misma, azotada. Pero las mujeres celtas distaban de ser muñequitas sumisas y llorosas. En el año 60 ó 61, los icenos se sublevaron contra Roma apoyados por sus vecinos los trinobantes y con Boudicca como líder de la revuelta, que fue adquiriendo dimensiones terroríficas día a día. Pero aunque al principio la suerte acompañó a los sublevados, los celtas, que marchaban al combate sin armadura y a veces hasta desnudos, eran muy vulnerables frente a los romanos, mucho mejor protegidos. Tal vez este haya sido el principal factor que contribuyó a la derrota final de la revuelta celta y de la valiente Boudicca. Una vez más, no importa quién la venció: nos resulta tan detestable como el que derrotó a Espartaco. Y añadiremos, venenosamente, que así no se trata a una mujer.

Desde los tiempos de Leónidas, Bouddicca y Espartaco, mucha agua ha corrido bajo los puentes, y mucha gente tiene otros valores y conceptos. Ahora la consigna de la mayoría es la victoria a cualquier precio; cambiando de bando incluso, si es necesario. Políticos en apariencia irreconciliables de repente son grandes amigos, para serrucharle el piso a otro; en el ámbito del deporte y la cultura, no se vacila en sabotear al contrario, si es posible, con tal de ganar. Podríamos caer en aquel lugar común según el cual todo tiempo pasado fue mejor, pero la verdad es que el exitismo no nació ahora. En la antigua Grecia, y contra lo que se cree, parece que los atletas nada tenían de honorables, y recurrían a tretas muy sucias para ganar. Y esto era así porque no había segundos ni terceros premios. Estaban, por un lado, el ganador; por otro, los perdedores, que volvían a casa deshonrados. Eso del honor de los atletas de la Grecia clásica parece que fue una de las tantas zonceras que nos inventamos y que nos gusta imaginarnos porque nos hacen pensar que, alguna vez, las cosas eran más lindas. En lo personal, estoy seguro de que algo sí fue, en otra época, mucho mejor de lo que es ahora: el arte.

Dios mío... ¿Este mamarracho es una obra de arte? ¿Qué le ven? -

Soles que parecen arañas; figuras geométricas dispersas aquí y allá sin ton ni son y sin saber qué pretenden representar; ni siquiera los colores son especialmente atrayentes. A alguien se le ocurrió que mamarrachos así son obras maestras, y el rebaño, temeroso de parecer ignorante, salió a aclamarlas con entusiastas balidos. Por cuadros como Paisaje, de Miró, se pagan fortunas. ¿Para qué?, si estoy seguro de que un chico de tres años haría algo infinitamente más decente y nos cobraría mucho más barato por su creación. Pero en fin, payasos como Miró triunfan, y a pintores desconocidos que realmente hacen obras, como mínimo, dignas, nadie les presta atención. Y que no me vengan con que en materia de gustos no hay nada escrito, que yo no sé interpretar a los grandes genios ni gansadas por el estilo. Hasta la más ignorante de las amas de casa -que termina siendo, en definitiva, sabia, aunque no sepa ni hacer una "O" con un vaso- sabe reconocer a un mamarracho cuando lo ve. Sólo algunos críticos de arte y los esnobs, al parecer, tienen los sentidos atrofiados y notan belleza en algo que la mayoría usaría sólo, y eso si no hay nada mejor, para apoyar la fuente de los ravioles.

Supongo que el hecho de que por sus cuadros se paguen fortunas hace de Miró un triunfador. Claro que es como para preguntarse si hasta robar un banco no sería un método más honorable para ganar dinero. Al menos exige cierta exposición al riesgo y prescinde del insulto al arte y al sentido común.

Pero es que ahora el reconocimiento público parece ser importante para muchas personas, que quieren fama y gloria como sea. El público, por supuesto, favorece este tipo de anhelos. La aparición de una persona en televisión -no importa si recitando de corrido la Ilíada y la Odisea de Homero, en su idioma original y primero al derecho y luego al revés, o bien sacándose los mocos de la nariz- bastan para que una persona consiga cierta celebridad. A esa persona todo el mundo se le acerca muy emocionada para felicitarla por esa aparición en televisión. Es posible que la persona en cuestión se sienta realmente muy halagada por esta súbita celebridad, pero, como la misma no tiene sustento real, con el tiempo la gloria, por lo general, pasa.

Fotograma de la película ¿QUÉ PASÓ CON BABY JANE?

La película de 1962, ¿Qué pasó con Baby Jane?, protagonizada por Bette Davis y Joan Crawford, es un siniestro reflejo de lo que los cinco minutos de gloria pueden provocar en la mente de un niño. Al inicio del filme, la Baby Jane del título es una hermosa niña de ricitos de oro que no tiene talento alguno, pero que se ha convertido en el fenómeno infantil del momento -con merchandising y todo- haciéndola cantar canciones melodramáticas que, debido al aspecto angelical de la criatura, enternecen lo mismo a grandes que a chicos. Mientras tanto, su hermana Blanche permanece a su sombra, soportando los caprichos de la malcriada Jane, a quien la celebridad se le ha subido a la cabeza.

Pero pasa el tiempo y el encanto infantil de Jane se desvanece. Por consiguiente, con el tiempo muy pocos recuerdan a Baby Jane. Blanche, mientras tanto, se convierte en una talentosa actriz en ascenso, hasta que un enigmático accidente de auto la confina a una silla de ruedas y la obliga a depender, para muchas cosas, de su hermana Jane, que irá transformándose en una alcohólica resentida y nostálgica de su fama de la infancia hasta extremos tragicómicos. Y la víctima de su resentimiento será Blanche, la hermana que con el tiempo mantiene -porque el verdadero talento actoral permanece en la memoria de la gente aun cuando las estrellas abandonen la actuación- la fama que ella añora.

En la vida real, por desgracia, demasiados padres fracasados planean para sus hijos un futuro que, tal vez, habrían querido para ellos mismos. Así es como presionan al hijo en cuestión a entrenarse en el fútbol con miras a convertirlo en el nuevo Maradona, o en el tenis para convertirlo en el próximo Guillermo Vilas. En muchos casos, es posible que tal presión termine haciendo que el hijo sea tan fracasado como sus padres, aunque en otro sentido. Es posible que a un chico le guste cierto deporte, pero que termine odiándolo a muerte si debe practicarlo obligatoriamente para convertirse en el campeón que sus padres quieren hacer de él. Tal ver, en vez de entrenar tanto, él preferiría pasar más tiempo con sus amigos, con su familia o con su novia. Si no se lo consulta al menos; si simplemente se da por sentado que lo que han decidido sus padres, es muy posible que así suceda.

Para estos padres, sin duda sería más sano entrenar a sus hijos para que lleguen a ser campeones en otro sentido.

Eliot Teltscher

El hoy retirado tenista Eliot Teltscher, jugaba un partido contra Vitas Gerulaitis, cuando su raqueta rozó accidentalmente la red, una falta que absolutamente nadie, Gerulaitis incluido, notó aparte de él. Sin embargo, informó a los jueces de la infracción, y perdió ese punto y probablemente el partido por su honestidad. La nobleza de su gesto quizás marquen la diferencia entre el auténtico campeón y el que simplemente triunfa, entre el que de verdad es grande y el que sólo lo parece por la sombra que proyecta.

Todos, a nuestro modo, somos competitivos. Los más sensatos sólo tienen un verdadero rival a vencer: ellos mismos. Esa quizás sea la más sana de las competencias. Pero cuando se convierte en una eterna obsesión; cuando la cosa es ganar sí o sí, sea en el terreno que sea y sin que importen los métodos utilizados a tal fin; cuando una pasión pasa a transformarse en pesadilla por el impulso de vencer, tal vez sea hora de abandonar el juego. Un luchador tenaz tiene poco que ver con un mal perdedor. El primero busca superarse para ganar; el segundo, ganar para sentir que se ha superado.

Y en el otro extremo, sin duda haríamos bien en recordar que podemos aprender de nuestros fracasos, que una batalla perdida no es la guerra perdida, que la derrota en sí misma no es vergonzosa y que, en todo caso, escondiendo nuestro fracaso como basura debajo de la alfombra nada lograremos. Si todo nos es adverso, siempre podremos simplemente dejarnos llevar por la vida adonde ella quiera, como quien, no pudiendo nadar contra la corriente de un río, se abandona a ella. A veces se descubre así que, quizás, aquello que nos proponíamos conseguir no era lo que en realidad necesitábamos; que si la vida tuvo otros planes para nosotros, por algo era. Siempre encontraremos algo que sustituya aquel anhelo que no pudimos cumplir; vencidos en un punto, siempre encontraremos otro en el que logremos triunfar. Y si no, si nos sentimos irremisiblemente vencidos en algo que para nosotros no tenemos duda que era importante, pues... sigamos luchando igual, como aquella rana que cayó en un recipiente lleno de leche.

Ranas

Junto con aquella rana, había caído otra, más realista -o pesimista, o derrotista; elija cada uno lo que más le guste- que vio claramente que no tenían un punto de apoyo lo bastante alto para saltar fuera del recipiente. Decidió que no tenía sentido luchar contra lo que parecía un destino inexorable, se dio por vencida y se ahogó. Nuestra protagonista, en cambio, siguió luchando incluso con la certeza de que su compañera tenía razón. A sabiendas de que estaba derrotada. Esa es la más noble, la más valiente de las luchas. No te des por vencido ni aun vencido,/ no te sientas esclavo ni aun esclavo,/ trémulo de pavor, piénsate bravo,/ y acomete feroz, ya mal herido, escribió Almafuerte. Si la rana lo había leído o luchó sólo obedeciendo a su instinto, es lo que falta descubrir.

Pero de cualquier manera, tanto patalear con energía, después de todo, sirvió para crear un punto de apoyo a partir del cual saltar afuera del recipiente: un sólido grumo de manteca, sobre el cual se posó la rana antes de brincar afuera del tazón. Así se vence: luchando mucho. De una manera, o de otra.

Hasta nuestro próximo encuentro.

 

 

 

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