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LIBERTAD Y ESCLAVITUD

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Entre las muchas tradiciones recopiladas en la Biblia y aun no confirmadas por la arqueología -no al menos de forma irrefutable, sino sólo por evidencia circunstancial- figura uno que se inicia en el libro del Génesis con la llegada de los israelitas a Egipto: Jacob, sus once hijos y sus respectivas familias fueron recibidos allí como huéspedes honorarios gracias al favor del que gozaba en la corte del faraón el hijo duodécimo, José. Pero murió Jacob, murieron sus doce hijos y hasta los hijos de éstos; y por supuesto, murió también el Faraón que les había proporcionado tan favorable acogida. Se sucedió generación tras generación, se sucedieron también unos cuantos soberanos en el trono de Egipto y, mientras pasaba el tiempo,  los israelitas seguían prosperando y multiplicándose hasta que, cáspita, de repente se vieron inesperadamente esclavizados en la misma tierra que los había recibido como a amigos, según se nos cuenta al inicio del segundo libro de la Biblia, el Exodo.

 

Claro que nadie se mete con un protegido de Yahvé y queda impune... Dios eligió a Moisés para que fuera su portavoz ante el Faraón, advirtiéndole que mejor no se hiciera el loco, que dejara salir de Egipto a los israelitas o se atuviera a las consecuencias. Pero el monarca, que por lo visto era medio ganso, se puso testarudo. Para qué lo habrá hecho... Por culpa de la obcecación de aquel cabeza de pollo, a los egipcios les sobrevino calamidad tras calamidad: que el Nilo en sangre, que plaga de moscas, que invasión de ranas... La décima de estas penurias, la muerte de los primogénitos egipcios -incluyendo el del mismísimo Faraón- pareció ya el acabóse. El Faraón dio luz verde a los israelitas para que se fueran a donde quisieran y, preferentemente... En fin, ya saben adónde. Pero hete aquí que el muy veleta de improviso se arrepintió y decidió impedir aquella emigración de mano de obra barata; así que, al frente de su ejército, persiguió a los fugitivos en el momento en que éstos se veían ante un obstáculo medio jodido de franquear, el Yam-Suf o Mar de las Cañas, identificado (erróneamente, según se cree hoy) con el Mar Rojo.

 

Moisés ordenando a las aguas que se abran. Y pensar que a mí ni los perros me hacen caso... -

 

En ese momento, el tono épico del relato bíblico llega a su cénit: Moisés alza su cayado, las aguas del Yam-Suf se abren y se crea un corredor por el que pasan los israelitas rumbo a la otra orilla. Entonces llegan el Faraón y su ejército con la intención de hacer otro tanto, y entonces ¡zás!... En una escena digna del Coyote (sí el del Correcaminos) las aguas se cierran y los engullen mientras el Pueblo Elegido sigue su ruta hacia la Tierra Prometida. ¿Final feliz? ¡Qué va! En cuando vieron que la aventura no era tan fácil como les había parecido, que les aguardaba un largo peregrinaje por el desierto y que luego tendrían que luchar para ganarse la tierra de promisión, los israelitas, todavía más veletas que el propio Faraón, ¡empezaron a añorar Egipto... donde precisamente tanto habían gemido por su libertad!

 

Histórico o legendario, el relato bíblico es interesante a varios niveles; entre ellos, cómo no, por su similitud con ciertas situaciones de la vida real. Porque aunque la esclavitud, oficialmente al menos, haya sido abolida, lo cierto es que a veces los seres humanos padecemos otras esclavitudes, y muchas de ellas guardan algún parecido con la de los israelitas en Egipto, comenzando por sus orígenes. Jacob y sus hijos, por supuesto, no sabían lo que les aguardaría a sus descendientes cuando emigraron a Egipto: ellos iban como invitados y esperaban una amable recepción, de la que ciertamente gozaron, pero que no fue eterna. Ahora bien, entre los diversos amos por los que se deja mandonear el ser humano están los vicios; por ejemplo, el viejo, querido y recordado cigarrillo, quien ya tuvo un papel coprotagónico en Umbrales de lo quimérico cuando hablamos de la seducción. Decíamos allí que una publicidad de cigarrillo jamás mostrará un pulmón ennegrecido de nicotina y alquitrán o el interior de un organismo corroído por el cáncer o a un fumador tosiendo sin poder parar. Por el contrario, la idea es asociar al cigarrillo con la imagen del aventurero o el ganador; cuando en realidad, los verdaderos ganadores, aparte de las tabacaleras, serían ciertos costosos institutos oncológicos primero, y las empresas de pompas fúnebres después. Porque aunque inicialmente uno se diga: No permito que el vicio me domine, fumo sólo dos o tres por día y así conservo el control, más tarde o más temprano esos dos o tres pasarán a ser tres o cuatro, luego cuatro o cinco y así sucesivamente, hasta que la adicción haya impuesto recias cadenas al pobre tonto y lo tenga absolutamente subyugado.

 

No es una radiografía, lamento decirlo. Es el futuro de cada fumador. -

 

 

Claro que no solamente del cigarrillo y otros vicios somos a menudo esclavos los seres humanos. Se puede ser esclavo de la ira, de una mala relación de pareja, de la rutina, de la tacañería o del derroche y de tantas otras cosas que muy arduo sería enumerarlas. Y vale la pena reflexionar aquí acerca de una de las tantas paradojas acerca del tema, que tiene que ver con un determinado tipo de esclavos: los gladiadores. Curiosamente, siendo esclavos la mayoría de ellos disfrutaban sin embargo de la admiración y el reconocimiento de la mayoría de los ciudadanos libres de Roma, incluso los orgullosos patricios. Sin embargo, luchar y morir para entretener a masas fanatizadas y sedientas de sangre es más bien degradante; y así lo entendió el célebre  Espartaco, que inicialmente era un  hombre libre y no encontró nada agradable ni envidiable eso de ser forzado a divertir a la chusma con espectáculos brutales en los que él mismo podría hallar la muerte. Y si él  lo consideró así, ¿por qué otros gladiadores estuvieron satisfechos de su suerte, y qué encontraban digno de ovación en meros esclavos los patricios y otros ciudadanos de Roma?

 

Empezando por el principio, un esclavo tenía poco o nada que perder. Su situación era, en efecto, inferior a la de los animales domésticos. Convertido en gladiador podría obtener dinero, fama, el favor de alguna lujuriosa dama romana y eventualmente incluso la libertad. Ese pensamiento sin duda le hacía superar sus miedos, y en esas condiciones, el gladiador que salía a combatir en la arena era ya, en cierto modo, un hombre libre, pues se había quitado de encima esa otra esclavitud con que el miedo suele oprimir al alma humana. En cambio, el espectador que desde las gradas alentaba y ovacionaba al combatiente quizás siguiera padeciendo esa esclavitud y quién sabe cuántas más; así que, al presenciar las luchas de los gladiadores, subconscientemente admiraba a hombres libres, no a esclavos obligados a combatir hasta la muerte. Probablemente en ese momento viviera un poco a través de su gladiador favorito, igual que, actualmente, tantas personas, prisioneras y esclavas de existencias atrozmente monótonas e insignificantes -al menos desde su punto de vista- viven a través de, por ejemplo, estrellas del deporte o el espectáculo. Al ver al gladiador desembarazado de todo miedo, era como si él mismo se liberara de los suyos. Pero por supuesto, no era ése el caso de Espartaco, quien se sabía lo bastante valiente para enfrentarse a cuanto enemigo se le pusiera enfrente, pero que había nacido libre -aunque en realidad, muy pocos esclavos romanos lo eran desde su nacimiento- y, por lo tanto, no tenía la menor gana de malgastar su valor para entretenimiento del populacho. Así que se rebeló, y ya que los romanos querían que luchara y los librara del aburrimiento, precisamente eso hizo, pero de un modo que ellos no hubieran querido: el formidable levantamiento de esclavos que lideró fue sofocado recién al cabo de dos años, durante los cuales hizo temblar a Roma.

 

Dos gladiadores dándose con tutti TAGS:

 

Lo curioso es que ya habían existido otras revueltas de esclavos en la antigua Roma. La primera fue en el año 198 A.C., en Setia y Praeneste, al sur de Roma, y terminó con un saldo de quinientos esclavos ejecutados. Diez años más tarde estalló otra en Apulia. Entre los años 135 y 132 A.C. estallaron otras dos encabezadas por dos esclavos llamados Euno y Cleón, que terminaron uniendo fuerzas (llegaron a sumar doscientos mil) y derrotando a varios ejércitos romanos antes de a su vez ser vencidos, después de lo cual veinte mil de ellos fueron crucificados. Y según Frank McLynn, de cuyo libro Héroes y villanos hemos tomado todos estos datos, treinta años más tarde hubo otra revuelta más, ésta encabezada por una. Esta exigió cuatro años de guerra (104-100 A.C.) antes de ser sofocada, y lo curioso, por partida doble, es el destino de mil de los rebeldes supervivientes. Iban a ser destinados a entrenarse como gladiadores, y me asombra un poco que los romanos no temieran preparar para el combate a hombres que ya les habían dado bastantes dolores de cabeza en lo militar; y todavía más me asombra que esos mil no evaluaran esa ventaja que tan ingenuamente se les ofrecía. Terminaron suicidándose en masa. Quizás ya estuvieran cansados de tanto luchar, quizás temieran las consecuencias de un segundo intento inexitoso o tal vez, simplemente, eligieron la salida que les parecía más sencilla. 

 

La que inició Euno, cuya estatua en Enna (Sicilia) contemplamos en esta imagen, fue la primer revuelta de esclavos que de verdad asustó a los romanos. TAGS:El camino a la libertad suele ser arduo y difícil; en algunos casos, más complicado que en otros. La novela Raíces, de Alex Haley, popularizó el nombre de Kunta Kinte, el ancestro africano del escritor. A Kunta lo capturaron brutalmente los toubab en Gambia un día que había ido a buscar madera para hacerse un tambor. De inmediato lo condujeron a bordo de una nave negrera, el Lord Ligonier, que cuando tras cruzar en Atlántico arribó a Annápolis selló definitivamente su destino, compartido con otros tantos hombres y mujeres de su raza. Kunta Kinte, desde luego, jamás volvió a ver a su familia africana, aunque a su modo resistió como pudo su nueva condición de esclavo. Alex Haley recordaba cómo, en su niñez, oía relatos acerca de un misterioso ancestro familiar recordado como El Africano, capturado por negreros cuando había ido a buscar madera para hacerse un tambor ya quien sus amos insistían en llamar Toby, nombre que él se rehusaba a aceptar, insistiendo en que se llamaba Kin-tay. Una ardua investigación destinada a narrar la historia de su familia le permitió a Haley identificar esa palabra como una corrupción de Kinte, conocido clan que, como tantos otros de Africa, preservaba toda su historia merced a un griot, un anciano que la conservaba en su memoria y la narraba en ocasiones especiales; y al narrarla para Haley, le transmitió la historia de Kunta, un muchacho que un día se había ido al bosque a buscar madera para hacerse un tambor y a quien nunca más habían vuelto a ver...

 

Monumento en memoria de Kunta Kinte, en Annapolis TAGS:

 

Antes de proseguir, convendría que definamos qué se entiende por libertad. Esta vez no prescindiremos de diccionarios: facultad del ser humano que le permite llevar a cabo una acción conforme a su propia voluntad. Hoy en día, la gente se siente cada vez más atacadas sus libertades... Por ejemplo, los fumadores, que cada día cuentan con menos espacios públicos donde fumar, cosa que a la mayoría de ellos los pone muy molestos. Desde su punto de vista, se están restringiendo sus libertades. No se han detenido a reflexionar, o no les importa, que antes de tal o cual medida en detrimento de ellos, los perjudicados por su libertad eran los no fumadores, igualmente víctimas de los efectos perniciosos de vicios ajenos. Y es que aunque teóricamente sepamos que nuestros derechos terminan donde empiezan los derechos de los demás, últimamente la norma en la sociedad es que cada individuo -fume o no fume- se comporte como un nene caprichoso y maleducado que exige a voz en cuello la satisfacción de su antojo de turno. Tendemos a pensar que la libertad es hacer exactamente lo que se nos venga en gana, lo cual podría ser cierto si viviésemos aislados al estilo de Robinson Crusoe, pero no coexistiendo socialmente con nuestros semejantes.

 

Sostenía el escritor argentino Julio Cortázar que Hay dos clases de libertad: falsa, con la cual se hace lo que se quiere, y verdadera, con la cual se hace lo que se debe; declaración con la que sin duda habrían coincidido los antiguos espartanos.

 

Los gloriosos ciudadanos y soldados espartanos: en el fondo, más ilotas que los propios ilotas. -

 

 

En efecto, se decía que en Esparta vivían los griegos más esclavos, los llamados ilotas, y los ciudadanos libres, a quienes, conforme a nuestra mentalidad, hoy llamaríamos con una palabra muy parecida, ya que la libertad de la que gozaban (?) nos parecería digna de una dictadura. Todo ciudadano de Esparta debía dedicarse en exclusiva a la milicia y renunciar a cualquier otra actividad, y vivir de acuerdo a normas estrictamente rígidas. Parece, sin embargo, que a lo largo de la historia de Esparta las deserciones y traiciones fueron muy escasas, por lo que se deduce que estaban conformes con ese estilo de vida. Atribuirlo a que no conocían otro sería facilista y carente de fundamento; primero, porque aunque más no fuera de oídas sabían que había otras formas de vida posibles, y segundo, porque sus esclavos, los ilotas, tampoco habían sido jamás otra cosa que ilotas, y ellos sí que estaban descontentos, aunque el terror que les inspirasen tan temibles amos los mantuviera durante mucho tiempo sometidos y resignados.

 

La verdad es que los espartanos se sentían orgullosos de sí mismos, y salvando su nefasto y aberrante régimen esclavista -mucho más inhumano que el de cualquier otro de la antigüedad- y la costumbre de no dejar vivir a los recién nacidos que padecían defectos físicos que les impedirían transformarse en soldados al hacerse adultos, tenían sobrados motivos para estarlo. Aquello de que los griegos más libres eran los ciudadanos de Esparta era absolutamente cierto: libres de egoísmos, de temores, de lujos innecesarios. En días en que se valoraba mucho el honor, ellos hacían del suyo un culto. El ejercicio de su libertad consistía en ser cada vez más virtuosos según las normas éticas y morales de su tiempo. Pero visto desde otro ángulo, esa libertad era también una forma de esclavitud donde el amo era el sacrificio personal. Y es que, en general, toda libertad implica también una cierta forma de esclavitud.

 

Algunos, por ejemplo, acusan de esclavistas a las tres grandes religiones monoteístas del mundo: el cristianismo, el islamismo y el judaísmo. No me referiré específicamente a estas dos últimas por no saber lo suficiente sobre ellas, aunque supongo que sucederá en ellas como en el cristianismo. En este último caso, la acusación puede tomarse a dos niveles. Negar que a lo largo de su historia la Iglesia (las iglesias en general, bah) pretendió con frecuencia imponer a sus fieles criterios más que dudosos y tendientes a mantenerlos bajo esclavitud mental sería ciertamente absurdo, pero por otro lado el creyente sincero y libre tiene sobrados motivos para someterse a Cristo y sus mandamientos. Si decide servir a Dios y al prójimo, ello se debe a que cree que ésa es la mejor forma de vida posible, y eso se parece más al voluntarismo que a una auténtica esclavitud. Su punto de vista es que lo que esclaviza es el pecado, y de hecho, y aunque la publicidad de cierta conocida serie televisiva nos incite a vivir el pecado, lo cierto es que éste rara vez es de verdad disfrutable. Una persona extremadamente irascible se arriesga a que todos lo abandonen para no continuar sufriendo sus continuos estallidos de furor; quien sea envidioso en grado sumo jamás valorará lo propio por siempre creer que es mejor lo que posee el otro. En estos casos, no es difícil que una persona, con tal de quitarse de encima tan indeseables yugos, acepte como amo y señor a Cristo, Alá, Buda o quien sea.

 

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Claro que con o sin ayuda divina, una cosa es segura: jamás se llega a la libertad sin mucho esfuerzo y sacrificio. Dios, o la suerte, o el destino, podrán enviar diez plagas y abrir las aguas para sacarnos de Egipto, pero aun así, en algún momento las cosas se nos pondrán difíciles y arduas. Será entonces muy fuerte la tentación de volver atrás, a esa esclavitud tal vez ingrata pero que al menos ya nos es familiar. Cuando ello suceda, valdrá la pena tener en cuenta que nadie es tan insignificante como uno mismo se cree a veces. Diez plagas milagrosas y un no menos milagroso paso entre dos paredes de agua no bastaron para que los israelitas comprendieran que su destino no era, ni mucho menos, morir de hambre en el desierto, y que habían sido elegidos para hechos magníficos. Así que, si estamos abandonando nuestro Egipto interior y privado; si sabemos que lo que dejamos atrás es pernicioso y opresivo, no nos achiquemos y sigamos adelante, que las diez plagas y el camino entre paredes de agua quizás estén allí aunque no los veamos.  Como Kunta Kinte, que respondía Kinte al amo que insistía en llamarlo Toby, miremos a eso que insiste en mantenernos bajo cadenas, y digámosle que somos hombres libres y dignos. Y mejor aún... comportémonos como tales. 

 

Nos despedimos, por primera vez, con un video; aunque en realidad no hay mucho para ver, más bien para oír: una canción de estudiantes alemana, tradicional: Die Gedanken sind frei ("Los pensamientos son libres"). Será hasta nuestro próximo encuentro.

 

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