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EL AMOR AL PRÓJIMO Y LA SOLIDARIDAD

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"Al mes de que sus padres supieron que padecía leucemia, Paul 'P.J.' Dragan, de cinco años, empezó a recibir una serie de regalos, cartas ingeniosamente compuestas, versos de aliento y dibujos humorísticos. Todos ellos provenían de un benefactor anónimo que se autodenominaba 'El Dragón Mágico'

 

Durante los meses del largo, y en ocasiones doloroso tratamiento, las sorpresas del Dragón Mágico llegaban con regularidad al hogar de los Dragan, en Detroit. El presente favorito de P. J. era un dragón de felpa, que pasó a ser cada vez más real para el niño, a medida que avanzaba su dolencia. Todos los cautivadores regalos del Dragón llegaban atados con un gran moño verde, distintivo secreto que compartía con P.J,

 

En cierto momento, el padre del niño, policía de Detroit, decidió investigar la identidad del Dragón Mágico. Pero cambió de opinión cuando empezó a darse cuenta de todas las molestias que se había tomado el Dragón para borrar sus huellas.


'El Dragón le dio a P. J. alguien con quien identificarse', relata la  madre del niño. 'Cuando ingresó en el hospital, el Dragón también lo hizo. Cuando los médicos colocaron un vendaje a P.J., el Dragón también fue vendado. Acompañó al niño durante las fases más difíciles de su enfermedad'.

 


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Pero P.J. perdió su batalla, a la postre. El 4 de marzo de 1983, poco después de escuchar su disco favorito, Puff the Magic Dragon ("El resoplido del Dragón Mágico") el valiente chiquillo murió. Cientos de amigos y familiares acudieron a la funeraria, y dejaron entre todos muchísimas flores, ofrendas de cariño. Y como era de esperarse, en medio de todas ellas había un ramillete de margaritas atado con un vistoso moño verde."


Con esta tremenda historia de solidaridad en un momento de indecible dolor, Umbrales de lo quimérico se pone de pie para rendir homenaje al sentimiento más noble y hermoso que pueda anidar jamás en el espíritu humano: el amor al prójimo, la caridad.  La historia se ha tomado textualmente de un artículo que, con el título Héroes entre nosotros, publicó la edición chilena de la revista Selecciones del Reader's Digest (de ahora en más abreviada S.R.D., ya que hemos hecho uso y abuso de ella como fuente para elaborar este artículo), tomo LXXXVI, número 516, noviembre de 1983, y nos deja inevitablemente con la intriga de la verdadera identidad de esta persona que, haciéndose quizás eco de aquella recomendación de Jesús según la cual, cuando se dé limosna, no debe saber la mano izquierda lo que hace la derecha, eligió permanecer en el anonimato.


La persona que se hizo conocer como El Dragón Mágico pudo pensar las cosas de otra manera. Pudo pensar, sí, que el de P.J. era un caso triste, pero no más ni menos que el de muchos otros  que acontecen a diario en el mundo. Sin embargo, no es fácil no intervenir cuando se ve el sufrimiento en vivo y en directo. Leerlo en el diario o verlo por televisión es otro asunto. Ahí uno puede verlo como un caso que viene a engrosar la estadística de hechos desgraciados que ocurren habitualmente. O no, dependiendo de la sensibilidad. Pero en todo caso, cuando presenciamos personalmente la desdicha de otro ser humano, a menudo algo despierta en nosotros, fustigado por la certeza de que allí está sucediendo una espantosa anomalía, algo que subvierte el orden natural de las cosas, y nos grita que tenemos que hacer algo para ayudar a ese congénere en desgracia. Y a menudo ése es el principio de algo mucho más grande. Así sucedió cuando Thommy Austin, agente especial de aduanas, resolvió, en colaboración con varios oficiales del Departamento de Seguridad Pública de Arizona, infundir ánimos a un niño llamado Christopher Greicius que padecía un cáncer terminal y que acariciaba el sueño de ser policía. Austin había conocido a Christopher tres años antes, y le había tomado mucho cariño.

 

 

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Leemos en la edición chilena de S.R.D. ( "Alegría para niños enfermos",Tomo XCII, Num. 572, julio de 1988):

 

 

"El 27 de abril de a980, un helicóptero de la policía coló con Chris sobre todo Phoenix y luego aterrizó en la jefatura, donde lo esperaban cuatro motocicletas y tres autos-patrulla. Le tomaron el juramento de patrullero honorario, y después condujo una patrulla, sentado en las piernas de un agente. Al otro día, equipado con casco y gafas de la policía, el embelesado pequeño recibió de regalo  una placa y el uniforme reglamentario, que se mandó hacer especialmente para él.


 'A los dos días de su incorporación a las fuerzas policíacas, Chris fue hospitalizado. Lo único que pidió fue que colgaran su uniforme y casco donde pudiera verlos. Tres días después, falleció. El niño policía de Arizona fue sepultado con su uniforme puesto y se le tributaron las honras fúnebres de un agente policíaco."


Sin embargo, la historia no había terminado; por el contrario, recién acababa de comenzar. Los mismos hombres que habían ayudado a Chris a cumplir su sueño reflexionaron que aquél no era un caso único; que había quizás cientos de niños sufriendo enfermedades terminales y acariciando sueños que, quizás, su desgracia les impediría ver realizados... Y decidieron ayudarlos como les fuera posible. Así nació la Make-a-Wish Foundation ("Fundación Pide un Deseo"), que al principio operaba sólo en Arizona, luego en todo Estados Unidos y se extendió finalmente a otros países, incluso, acabo de enterarme, la Argentina. En el citado artículo, el por entonces presidente de Make-a-Wish de Estados Unidos, Mike Lewis, calculaba que dedicaba el 85 % de su tiempo a desempeñar ese puesto. Y agregaba: "Se tiende a descuidar lo demás de la vida, pero estoy tan encariñado con estos niños, que no puedo evitarlo". En el mismo artículo se explicaba que a veces un niño mejora luego de ver cumplido su sueño, y muchas veces de forma espectacular. Citaba el caso de André, de siete años, quien padecía hidrocefalia, enfermedad causada por un exceso de líquido dentro del cráneo, exceso que ejerce presión sobre el cerebro y agranda la cabeza. Veintidós operaciones para la inserción y reparación de sondas destinadas a drenar el líquido del cerebro habían hecho que el niño perdiera la voluntad de vivir. Su peso había descendido hasta los quince quilos y sus espectativas de vida eran muy escasas. Make-a-Wish hizo realidad su sueño -una fiesta de cumpleaños en grande-, luego de lo cual el niño recobró los deseos de vivir y subió más de dieciocho kilos; y, más conmovedor todavía, donó los ahorros de toda su vida a la Make-a-Wish Foundation, para ayudar a realizar los deseos de algún otro niño.

 

 

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El amor al prójimo, expresado a través de la solidaridad, conmueve doblemente porque solemos ser muy pesimistas a la hora de evaluar la conducta humana hacia el prójimo en desgracia. Suponemos que de inmediato otras personas caerán sobre ellas como buitres para sacar provecho de su infortunio; lo que, infelizmente, sucede a veces. ¿Tendría razón quizás Anna Frank cuando escribió en su famoso Diario: "Creo que a pesar de todo, la humanidad es buena"? Quién sabe. Lo que es indudable es que en ciertas ocasiones, al menos, algo hace vibrar una cuerda sensible en nuestro interior, sacándonos de nuestra apatía e impulsándonos a actuar en favor de congéneres que pasan las de Caín; a veces, pasando por alto incluso viejas enemistades, como en el caso de José Carreras y Plácido Domingo. Estos dos tenores estaban enfrentados desde 1984 por diferencias políticas, al punto de que, en los contratos, cada uno de ellos hacía constar que no se presentaría a determinado espectáculo si se invitaba al otro.

 

 

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Esta situación se prolongó hasta que, en 1987, Carreras contrajo leucemia. Diversos tratamientos contra esta enfermedad fueron afectando las finanzas del t3nor, obligándolo finalmente a recurrir a la fundación "Hermosa", de Madrid, que se especializaba en el tratamiento de dicha enfermedad. Gracias a dicha fundación, Carreras logró superar su enfermedad. Pero la sorpresa vino cuando, ya curado, pidió asociarse a la fundación y, al leer los estatutos se enteró de que el fundador, mayor colaborador y presidente de la misma era nada menos que Plácido Domingo. Posteriormente se enteró de que éste había creado la entidad, en principio, para atenderlo. Luego, para no hacerlo sentir humillado por tener que aceptar ayuda de él, había preferido mantenerse en el anonimato. Carreras y Domingo se reconciliaron públicamente y en pleno escenario, conmovedoramente, cuando el primero interrumpió una presentación del segundo para agradecerle de rodillas por lo que había hecho. Desde entonces, ambos son amigos. Hecho curioso, tal vez esto jamás habría ocurrido si Carreras, agradecido porla ayuda que le prestó la fundación, no hubiese querido a su vez ayudar a otros, teniendo así acceso a los estatutos de la misma. Y es que  por lo general, el que las ha pasado negras en la vida de un modo u otro, es sensible respecto a las penurias de los demás. Y también por lo general, todo aquello que hagamos en la vida, bueno o malo, nos viene de vuelta de un modo u otro. Aunque parezca que no.

 

 

Por cierto, no todos tenemos tiempo o dinero para ser solidarios o caritativos a gran escala; si bien, lo hemos visto en el caso que derivó en la creación de la Make-a-Wish Foundation, a veces se empieza con algo pequeño y se culmina en algo de dimensiones inimaginables. Pero nadie nos exige tanto. A veces simplemente se trata de ser amables y comprensivos con las personas que nos cruzamos en nuestro camino... Y a veces, ni de esto tenemos ganas. Es que nuestro propio egoísmo nos susurra malignamente al oído que aquéllo no es problema nuestro; que cuando necesitemos ayuda, no tendremos a nadie a nuestro alrededor, y que por lo tanto nos conviene mirar para otro lado cuando seamos nosotros quienes debamos hacer de benefactores. Algo así habrá pensado la joven Helen Grippo, de dieciséis años, cuando allá por la década de 1950 una cliente inoportuna se presentó justo en el horario de cierre ante el mostrador de la gran tienda donde trabajaba. Era el 24 de diciembre y en lo único que pensaba Helen era en terminar su jornada laboral de una vez por todas e irse al baile de nochebuena en compañía del presidente de la sociedad de alumnos del último curso del colegio al que ella asistía. Su vanidad estaba muy inflada, porque él vendría a buscarla en un auto ostentoso y caro y porque ella misma estrenaría un hermoso vestido de terciopelo rojo. Vestido en el que el galán de marras, dicho sea de paso, ni se fijó cuando por fin se reunió con él.

 

 

Con estos pensamientos en mente, Helen se disponía por fin a cerrar la caja e irse, cuando de improviso llegó una cliente de último momento: una mujer de aspecto lastimoso y mirada triste, que intentó conmover a la joven explicando que sus hijos todavía no tenían regalos de Navidad, y que recién esa tarde había logrado reunir dinero suficiente para comprarlos... Y logró su objetivo. 

 

 

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Rumiando maldiciones para sus adentros y muy a desgano, Helen abrió la caja que acababa de cerrar y despachó a la mujer, que para desesperación de la joven, se tomó algunos minutos para elegir los regalos navideños. Luego de lo que pareció una eternidad, Helen por fin quedó libre y se reunió con su galán en el dichoso auto de lujo. Entonces, tres semáforos más adelante, Helen divisó a la cliente de último momento, caminando con una sonrisa de felicidad que ya nunca podría olvidar. Así lo cuenta ella, no podía ser de otra manera, en un artículo de la versión mexicana (para variar un poco) del S.R.D. (La última cliente de nochebuena, Tomo VIII, Núm, 47, diciembre de 1974):

"...me invadió un sentimiento extraño, algo que me recorría de los pies a la cabeza; que me hormigueaba por todo el cuerpo y me llenaba de gozo...llevaba yo un gran nudo en la garganta... Siempre que me siento deprimida traigo a la memoria el rostro de aquella mujer, aquella noche, cuando regresaba a su casa cargada de regalos para sus hijos." 

 


Es bastante frecuente eso de sentir, en el momento de ayudar al prójimo, que recibe más de lo que está dando.  Un muchacho llamado Tony, voluntario en Calcuta de la Orden de los Misioneros de la Caridad de la Madre Teresa, escribía en una carta a sus padres: "Nunca he estado más vivo de lo que estoy en este lugar lleno de muerte; nunca he estado tan cerca del cielo como lo estoy en este infierno". Y comentaba en una entrevista: "Le pueden decir a uno en la Iglesia y en la escuela, una y otra vez, que Dios existe; que tenga fe; que crea. Aquí sentimos a Dios de manera tangible. Lo vemos en otras personas." (La madre Teresa, mensajera de Dios, S.R.D., edición latinoamericana, Tomo XCV, Núm. 565,, diciembre de 1987).


En coincidencia con el testimonio de Tony, cerraremos este artículo con otro en el que también sus protagonistas sintieron la presencia de Dios, aunque de otra manera. También este caso fue tomado del S.R.D., edición argentina esta vez (Una respuesta caída del cielo, Tomo CXI, Núm 662, enero de 1996) y de él se hizo un telefilme que no vi y de cuya existencia, de hecho, me enteré mientras buscaba material para este artículo. El nombre del telefilme es Mermaid ("Sirena"), y tengo entendido que se modificó un poco la historia original, que aquí resumimos partiendo de la mencionada publicación. Todo comenzó con la tragedia de una niña, Desireé Gill, incapaz de encontrar consuelo tras la muerte de su padre, Ken. Rhonda, la madre de Desireé, estaba desesperada, porque su hija quería incluso morir para estar en el Cielo con su padre.

 


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El 8 de noviembre de 1993, día en que Ken habría cumplido veintinueve años, Desireé quiso enviarle una tarjeta de felicitación a su padre; para lo que su abuela Trish Moore propuso atarla a un globo y soltar éste para que volara al cielo. El globo elegido tenía la inscripción Feliz cumpleaños sobre un dibujo de la Sirenita de Disney. No era una elección casual, ya que esa película era una de las favoritas de Desireé y la había visto muchas veces en compañía de su padre. El mensaje rezaba: Feliz cumpleaños, papá. Te quiero y te extraño. Espero que recibas esta carta y que me escribas en enero para mi cumpleaños. Y añadía una dirección en Live Oak.

 

 

 El globo fue soltado con el mensaje. Cuatro días más tarde, tras recorrer 5000 kilómetros sin desinflarse, fue a parar al lago Mermaid ("Sirena") donde lo encontraron un hombre llamado Wade MacKinnon y su esposa, Donna. Wade no creyó que fuera coincidencia que un globo con la imagen de la Sirenita terminara en un lago llamado Sirena, tras recorrer una distancia increíble sin desinflarse. Consideró que Dios los había elegido para ayudar a Desireé. Donna disintió al principio, y Wade tuvo que esconder el globo en un armario, ya que su esposa se ponía a llorar nada más verlo. Pero finalmente terminó compartiendo el parecer de su esposo.

 

 

El 19 de enero de 1994, una escéptica Trish Moore recibía por correo un paquete a nombre de su nieta, que se había mudado con su madre a otra dirección. Al día siguiente, su contenido llegaba a manos de Desireé: una tarjeta y un cuento de La Sirenita en otra versión distinta de la de Disney, de hecho la versión original, en la que la protagonista muere y va al cielo. La tarjeta tenía impresa la leyenda Para una hija querida, los mejores deseos en su cumpleaños. La tarjeta incluía un mensaje de los MacKinnon, en el que éstos explicaban cómo habían encontrado el globo, y que creían que Ken, desde el cielo, los había elegido a ellos, por vivir en un pueblo llamado Mermaid, para que le hicieran a su hija el regalo que él no podía entregarle personalmente. "Yo sé que tu papá quiere verte feliz, y no triste. Y también sé que te quiere mucho y que siempre estará cuidándote. Con todo nuestro cariño, familia MacKinnon", concluía el mensaje. El artículo del S.R.D. sigue, pero podemos resumirlo en que aquel suceso fue determinante para que Desireé hallase consuelo por la muerte de su padre. 

 

 

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 Hasta el más ateo puede tener sus momentos de vacilación. Para los MacKinnon, que ellos encontraran aquel globo no podía ser atribuible al azar: lo interpretaron como un designio de Dios. Tal vez ocurra lo mismo con todas aquellas personas personas que aparecen de improviso en nuestra vida, requiriendo nuestra ayuda aun sin que ellas lo manifiesten, sólo sufriendo en silencio. Pero sea así o no, una cosa es segura: cuando tendemos una mano al semejante en desgracia, nuestro espíritu se eleva de un modo invisible y misterioso. Como lo supo Helen Grippo. Como lo supieron Tom y otros miles de voluntarios de los Misioneros de la Caridad. Como lo sabemos todos o lo sabremos en algún momento en que un impulso -quizás ajeno a nuestra conducta habitual- nos obligue a intervenir en ayuda del prójimo, desconcertándonos quizás a nosotros mismos... La vida tiene esas cosas inexplicables.

 


 

 

 

 

 


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